Antecedentes
Durante los últimos años, los diversos estudios en Ciencias Sociales relacionados
al sistema educacional en Chile han dado cuenta de una convivencia escolar
compleja1 y en crisis, especialmente en aquellos liceos donde las condiciones
ambientales, la escasez de recursos y el contexto en que éstos se insertan
agudizan las dificultades de interacción que la educación pública debe ir
superando para mantener su vigencia a través del tiempo.
Existen investigaciones en el ámbito de la psicología educacional, que abordan el
tema de la convivencia desde diversos ángulos, en los cuales se pone de relieve
la importancia de los contextos normativos institucionales, que tienden a favorecer
el establecimiento de distintos conflictos relacionados con las estructuras de poder
y los roles que se configuran al interior de las escuelas. Esto se aborda desde la
problemática de la Agresión en los Liceos (Ramos, 2002), la Convivencia Escolar
y el Autoconcepto (Castro, 2002a), la Participación de los jóvenes a través de sus
Centros de Alumnos (Inzunza, 2002) y la Orientación en Enseñanza Media (De la
Fuente; Núñez, 2002). Ellos dan cuenta de la importancia de la democratización
de las relaciones en la escuela, esto es, de la creación de espacios de diálogo
entre los actores educativos para generar miradas más comprensivas de la
realidad juvenil dentro del espacio escolar, en pro de una convivencia de mejor
calidad, que propicie ambientes favorecedores del desarrollo personal y el
aprendizaje.
La Reforma Educativa ha promovido desde hace más de una década, una
transformación que de paso a una mejora de las oportunidades educativas. Esto
se constata a partir de la necesidad de conocer las condiciones de base que
impulsan un mejor funcionamiento del sistema escolar2
. Se han elaborado a través
de múltiples instancias tales como Programa de las 900 Escuelas (1990), el
Estatuto Docente; (1991), el programa MECE-Básica (1992), la Comisión Nacional
para la Modernización de la Educación (1994); y el inicio del programa MECE
Media (1995) muchos estudios en dirección hacia poder alcanzar un nuevo rumbo
es decir, objetivos que devuelvan el protagonismo a los actores educativos en la
sociedad, integrando los recursos y la tecnología para poder alcanzarlos (GarcíaHuidobro,
1999). Para lograr este objetivo, el gobierno ha trazado lineamientos
políticos y económicos que abran esta posibilidad a través de la reforma. Sin
embargo, es todavía una tarea pendiente evaluar si este proceso de reforma ha
dado un paso seguro hacia el camino de la democratización de la educación y en qué medida se ha avanzado en concebir la convivencia escolar como elemento
fundamental para el logro de los objetivos de la enseñanza media.
Se plantea desde los antecedentes, que los esfuerzos por posicionar a la escuela
como una de las instituciones socializadoras más relevantes en la formación social
y personal de los individuos, han sido tarea de este y otros gobiernos. En nuestra
historia, los temas relevantes para forjar las políticas educativas que contribuyan al
desarrollo cultural, han ido transformándose según los distintos lugares que han
ocupado en los proyectos de gobierno y sociedad. La escuela secundaria adquiría
en el siglo pasado, un valor como instrumento de inserción social mucho más claro
que ahora. En un principio, el objetivo perseguido era ampliar la cobertura de la
educación (1960-1975), lo cual fue conseguido en un 40,2% el año 1975
(Lamaitre en Mena y Rittershaussen, 1991). Sin embargo, en este proceso, han
sucedido acontecimientos gravitantes que han afectado el sistema y en el contexto
actual el tema más relevante es el mejoramiento de la calidad y la equidad de la
educación, énfasis que comienza en 1990, con el inicio del período de gobiernos
democráticos en Chile.
La introducción de políticas tales como la municipalización de la educación
durante el régimen militar, han hecho que la segmentación de la educación sea
una realidad preocupante para la sociedad. La desigualdad que ésta conlleva, da
lugar a problemas sociales que resultan complejos de prevenir, como la deserción
escolar secundaria de jóvenes de escasos recursos que no ven asegurado su
futuro dentro del sistema educativo, pues en parte esperan resultados positivos,
inmediatos y concretos, por los que mantenerse dentro de él pasa a ser al parecer
una pérdida de tiempo o un espacio para el ocio (Assaél, 1984; OCDE, 2004).
Por lo anterior, una educación incierta en su orientación y sentido, que no
garantiza un desarrollo claro ni menos un trabajo seguro, se vuelve un problema
psicosocial3 y quienes se ven más afectados por ello son los jóvenes. En este
contexto, para muchos de ellos, la escuela ha dejado de ser una plataforma de
ascenso e integración social y hoy se encuentra en medio de una crisis de
principios (Tenti, 2000). La escuela se ve encerrada en un círculo vicioso, en
cuanto se inserta en una sociedad diseñada y defendida por minorías poderosas,
que buscan mantener mecanismos de coerción social que impiden la construcción
de sujetos sociales autónomos en un contexto escolar democrático, pues esto
amenaza ventajas conferidas a su status (Ramos, 2002). En este sentido, se
favorece la función reproductiva de la escuela en tanto que los proyectos
educativos de muchos Liceos dan cuenta, en la práctica, de normas reducidas a
sanciones que justifican el autoritarismo, la dominación, la agresión social y no
promueven como en el discurso, la convivencia escolar positiva, activa y formativa
(Redondo, 2000, Ramos, 2002).
Existe además en nuestra enseñanza un profundo desgaste de la figura del
profesor, en la medida en que hoy se le cuestiona como entidad transmisora de conocimientos, donde el mismo debe irse perfeccionando constantemente ante la
vertiginosidad de los cambios socioculturales y el surgimiento de nuevas y
diversas tecnologías. La posesión de información pasa a ser un elemento de
poder, más que la sabiduría o la experiencia. El adulto ya no es validado por la
tradición que pueda transmitir a los jóvenes, lo cual lo lleva a ejercer un rol
autoritario que se caracteriza por la imposición de su poder sobre ellos o por un
estilo permisivo (Redondo, 2002). Además, existe la necesidad del docente de una
mayor autonomía laboral, cuya falta repercute en su desempeño y relación con el
alumno (Arón y Milicic, 1999).
De acuerdo a lo anterior, el sistema educativo actualmente, no puede asegurar
cuál perfil de profesor logrará mejores resultados en términos de aprendizajes y
qué estudiantes tendrán mayores oportunidades de inserción laboral, porque la
dinámica que se instaura en el proceso mismo de la educación y que da lugar a
desigualdades en los resultados es poco conocida (Cassasus, 2003). Esto se
plantea como un desafío para las Ciencias Sociales en la medida en que puedan ir
generando un cuerpo de conocimientos que, desde la investigación/intervención,
vayan develando de qué forma los actores se ven involucrados y también aquellos
factores que generan logros y, por tanto, más calidad en la educación. Esta figura
educativa no deja de ser central en la generación de una sana convivencia, ya que
cumple un rol fundamental en facilitar las condiciones necesarias para que se les
otorgue a los jóvenes un espacio donde puedan ir tomando conciencia de sí
mismos y su desarrollo.
Actualmente, como decíamos, existen diversos estudios acerca del impacto que la
Reforma Educacional está produciendo en el sistema educativo en términos del
diagnóstico de las falencias existentes apuntando a una mejora en la calidad, sin
embargo, existen pocos estudios que indaguen sobre la vivencia del escolar, o del
docente, esto es, cómo experimentan los jóvenes alumnos su tránsito por la
Enseñanza Media y cómo los educadores consideran las dificultades que conlleva
este camino. Si tomamos en cuenta uno de los objetivos fundamentales de la
Reforma Educacional, que se refiere a entregar una orientación hacia el
crecimiento global de la persona, podemos destacar un tema relevante como lo
es, el desarrollo del sentido de identidad personal del joven que va construyendo
dentro de la escuela (Currículum de la de la Educación Media, Min. de Educ.,
1998)4
. Cuando consideramos estas variables de contexto, estamos atendiendo a
la integración de posturas que faciliten una mayor participación y conciencia de los
actores sobre las condiciones afectivas, relacionales e institucionales necesarias
para un mejor funcionamiento pedagógico.
Planteamiento del problema y objeto de estudio
En nuestro estudio abordaremos estos escenarios en los cuales se puede
comprender la estructura de la convivencia escolar, que estaría condicionada por
distintos elementos, uno de los cuales es el conflicto. Cuando hablamos de
conflicto, nos referimos a las diferencias entre los individuos que pueden ser (o no)
incompatibles y en la medida en que éstas se acepten y enfrenten se puede
constituir un espacio de enriquecimiento en el cual las interacciones con otros
permitan fortalecer la identidad propia. Para esto, resulta indispensable subrayar la
importancia de conjugar el funcionamiento interno de las instituciones educativas5
,
junto al marco histórico, social y político que les da cabida, el cual pone en tensión
la actividad de los centros educativos, dando espacio al abordaje de los conflictos
que manejan los distintos sujetos escolares.
Se busca, a través de este estudio, construir tanto el conocimiento acerca de los
códigos subjetivos sobre el conflicto y la convivencia de la institución educativa
municipal, que hasta ahora forman parte del currículo oculto; como también las
normas que permiten o dificultan conseguir sus ideales enmarcados en la reforma
de la educación media. Esto se relaciona con la forma y el contenido de sus
propuestas educativas, es decir, si éstas promueven o estancan el crecimiento de
los jóvenes del curso, a través de la aceptación o enfrentamiento del conflicto.
Estos enfoques nos dan cuenta del contexto abordando aquella particularidad en
que un individuo reproduce o rompe con la estructura sociocultural que lo
condiciona, pero no necesariamente lo determina. Es a este nivel donde queremos
detenernos, donde se conjugan lo social, lo intersubjetivo y lo individual.
Una forma de dar cuenta de los procesos de construcción y choque de sentido que
se manifiestan en la relación de ambos actores de la educación, es indagar
estratégicamente como lugar de estudio en la sala de clases. Podríamos señalar
que es en el escenario institucional llamado aula, el espacio concreto donde
formalmente una cultura escolar particular pone de manifiesto o no una serie de
normas complejas que enmarcan y definen el rol de alumnos y profesores dentro
de una organización jerarquizada, teniendo en cuenta las condiciones
socioeconómicas y socioculturales tanto de los estudiantes, como del educador
(Ianni y Pérez, 1998).
Lo que ocurre en el aula se considera fundamental tanto para la puesta en práctica
del proyecto educativo de la escuela como para lograr organizar el proceso de
enseñanza-aprendizaje de manera que sea enriquecedor para los alumnos y se
oriente al ideal de calidad y equidad6 que sostiene la reforma. En ese sentido,
muchos estudios evidencian la disposición homogeneizadora de la escuela, ya
que ésta busca igualar a los jóvenes en su rol de “alumnos”, desconociendo su papel de gestores de sentido e identidad. Se le considera un sujeto tendiente al
desborde, lo cual genera problemas instruccionales e institucionales,
continuamente. Esta realidad evidencia una falta de conocimiento y de integración
de la cultura juvenil a la cultura escolar (Edwards y cols., 1995).
Con respecto a este punto, existe una fuerte distancia generacional entre el
profesor-adulto y el alumno-joven, lo cual se manifiesta en valores, motivaciones e
intereses diferentes; por lo que se vuelve difícil encontrar un lenguaje común y
comunicativo. Más aún, si hablamos de una cultura donde se invalida el saber del
joven y se intenta imponer el saber adulto. En este sentido, es a través de la
convivencia escolar donde se manifiestan esas dinámicas que entran en tensión, y
en forma sistemática, en el aula. En este espacio, el joven puede hacerse
consciente de las competencias que aprende, tanto de forma subjetiva como
grupal, y también de las dificultades que debe soslayar con y frente a otros; por lo
que pasa a ser un tránsito importante cognitiva y afectivamente para su vida
futura7
.
El conflicto escolar pasa a ser el punto de crisis de esta convivencia, donde dos
fuerzas se contraponen; lo que cuestiona, detiene o rompe el esquema de
convivencia anterior, que es el regular. Este se convierte en un tema emergente y
de importancia psicológica al asociarlo al grupo curso y a los grupos que se
forman al interior del mismo ya que son espacios de identidad y referencia que se
resisten al cambio. En un grupo humano tan amplio y con actores tan diversos es
probable que el conflicto surja con frecuencia, ya que se relaciona con las
necesidades no satisfechas y la ley que las restringe o regula, por lo cual, su
enfrentamiento y/o resolución, permiten que la institución supere los diversos
obstáculos internos que presenta y que aparecen como incontrolables, pero que
desde este enfoque pueden ser manejables e incluso constructivos. Es aquí donde
surge la relevancia de abordar el conflicto dentro de la escuela, ya que en ella se
establecen interrelaciones entre distintos actores, donde unos intentan transmitir el
saber a otros, es decir, es la apropiación del conocimiento y el aprendizaje lo que
está mediando estas relaciones (Ianni y Pérez, 2000).
Dentro del aula, se ponen en juego la aceptación del joven de los conflictos, que
además ponen en cuestión su pertenencia grupal en relación con sus pares y con
el profesor, lo que tiene implicancias tanto internas como externas (Edwards y
cols., 1995). Más aún, si consideramos la etapa crucial que está atravesando el
joven, la adolescencia, en la cual se pone en cuestión su proyecto de vida, lo cual
irá definiendo su identidad. En este contexto, cabe preguntarse de qué manera el
currículum formal (y el oculto) como parte de un plan de desarrollo global, permite
la convivencia armónica de sus integrantes, por ejemplo, que los distintos grupos
dentro del curso se integren entre sí.
La educación tradicional sitúa al profesor como el principal agente educativo,
siendo éste el que domina los conocimientos y por lo tanto, el encargado de
trasmitirlos. Los alumnos, por otra parte, cumplen un rol pasivo frente a su
educación, siendo receptores no críticos de los saberes impuestos y participando
de forma muy limitada en la dinámica de la sala de clases. Podríamos deducir de
lo anterior, que la interacción entre alumnos en el aula, con frecuencia es vista
como un factor indeseable y perturbador, influyendo incluso, en el rendimiento
escolar de éstos, y por lo tanto merecedora de ser evitada al máximo posible.
Es en este contexto, donde la relación entre pares adquiere cierta relevancia en
lo concerniente al problema que intentamos abordar, sobre todo en la
adolescencia, en donde el grupo de compañeros adquiere mayor importancia y las
amistades tienden a hacerse más íntimas. El grupo de pares en la enseñanza
media y el conjunto de prácticas y creencias grupales asociadas se constituye
como una agencia socializadora con un peso inédito en la adolescencia lo que
nos da luces de la complejidad cultural a la que nos aproximamos cuando
hablamos de conflicto educativo.
Las formas de interacción que se establezcan dentro de una sala de clases
estarán en gran parte determinadas por el tipo de liderazgo que ejerza el profesor
con sus alumnos, a la vez que éste también se verá moldeado por las relaciones
establecidas entre los alumnos y él. Es por esto, que se vuelve fundamental
ahondar en las posibles intervenciones de este actor educativo como mediador
del conflicto y representante de la autoridad (Ratto, 2004)
Por esta razón, esta investigación tiene el propósito de describir las relaciones
que den cuenta del tipo de convivencia escolar que se genera en el liceo, desde el
modo de comprender y abordar los conflictos. Esto quiere decir que las variables
que lo configuran, nos van a dar luces sobre qué convivencia se está
construyendo en el aula8
. Para este fin analizaremos los tipos de conflicto que
surgen entre grupos de alumnos y entre éstos y docentes; indagaremos en las
actitudes y las estrategias con las cuales ellos enfrentan los conflictos en la
institución educativa. Finalmente caracterizaremos el clima escolar en torno a los
conflictos que se establecen en la dinámica del aula.
El profesor muchas veces opera con estos elementos en juego, sin tomar
conocimiento de ellos por lo cual, resultaría de gran relevancia permitir que este
actor pueda reconocerse y hacer conciente aquello que está implícito en sus
relaciones con el alumnado a fin de abordar sus propias tareas pedagógicas con
mas libertad y significado para sí mismo y los demás actores de la institución.
En este mismo sentido, esta investigación puede constituirse como un marco de
referencia teórico práctico para abordar el complejo funcionamiento de la cultura escolar junto al acercamiento a aquellas áreas, como normas de convivencia y la
disciplina del liceo en que resulte necesario intervenir.
Es por todo lo mencionado anteriormente, que nuestro estudio tendrá como foco
las relaciones que se generan entre profesores y alumnos, desde la óptica del
conflicto como un elemento que atraviesa y estructura la experiencia escolar y
configura estilos de interacciones determinadas; es decir, una convivencia
particular. Intentamos entregar un material de apoyo para la comunidad educativa
en términos de colaborar en dar luces sobre estos procesos que parecen ser
problemáticos para la escuela pero que se pueden ir elaborando a través de este
y otros análisis.
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1 Según Morin (1992), la complejidad es un entretejido de eventos, acciones, interacciones retroacciones,
determinaciones, azares con calidad de ambigüedad que constituyen los fenómenos. Además es un principio
regulador que no pierde de vista la realidad que intenta dar cuenta el investigador.
2 Esto se refiere a mejores condiciones laborales y profesionales para los docentes; condiciones materiales
para el aprendizaje, con recursos actualizados en cantidades suficientes (textos escolares, bibliotecas,
material educacional, computadores conectados en red); condiciones técnicas e institucionales para renovar
los métodos de enseñanza y gestión etc. (OCDE, 2004)
3 Entendiendo psicosocial como lo constitutivo de las relaciones sociales en una institución. (Redondo, 2003)
4 En la redacción de los OFT se busca aludir a las capacidades, conductas y competencias de carácter
comprensivo, operativo y valorativo que el alumno debiera lograr, gradual y progresivamente, para su
desarrollo y formación de acuerdo a los fines generales de la educación. Siendo el fin último de la educación
en Chile: el desarrollo moral, intelectual, artístico, espiritual y físico, mediante la transmisión y el cultivo de
valores, conocimientos y destrezas enmarcados en nuestra identidad nacional, capacitándolas para convivir y
participar en forma responsable y activa en la comunidad. (Mineduc, 1998)
5 Vale decir, sus procesos, recursos, dinámicas interpersonales y de gestión, etc.
6 Entendida como “Igualdad de oportunidades en cuanto a calidad educativa, expectativas de continuar
estudiando y de otorgar un sentido al nivel en su conjunto, para lograr que todos los alumnos obtengan las
competencias culturales necesarias para incorporarse activamente a la sociedad y mejorar su propia calidad
de vida” (Cariola, L.,1992)
7 El aula es el espacio oficial institucional, en el cual el sistema educativo se basa para su perpetuación.
(Cornejo, 2000).
8 En este trabajo se hace énfasis en un nivel interpersonal, inter e intra-grupal del conflicto, por tratarse de la
relación alumno-profesor y cómo los conflictos que refieren ambos actores configuran la convivencia escolar.
Junto con esto, distinguimos el conflicto en tres dimensiones que se explican en correspondencia con los
distintos objetivos planteados en la investigación.
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