Alicia
Fernández. Desde mediados de la década de 1960, en Argentina fueron constatando
que gran cantidad de niños y niñas (muchos de ellos erróneamente diagnosticados
como deficientes mentales) presentaban fracaso escolar o trastornos de
aprendizaje sin padecer ningún trastorno neurológico anatómico ni funcional, ni
déficit cognitivo.
Hubo un cambio en el modo de enseñar
de sus maestros, algunos de estos niños y niñas lograban aprender. Por lo cual
el trabajo se dirigía a abrir espacios de reflexión con los maestros, para que
ellos pudieran realizar cambios de posicionamiento subjetivo que redundaran en
lo pedagógico. Esos cambios debían darse en dos direcciones. Hacia sí mismos:
para recuperar el propio placer de aprender y desde allí modificar la modalidad
de enseñanza. Hacia sus alumnos: para investirlos del carácter de sujetos
pensantes, capaces de aprender.
El hecho de que, a partir de los
cambios en los maestros, los alumnos lograban aprender, indicaba de alguna
manera que la dificultad previa respondía principalmente a la situación
educativa. Sin embargo, aun modificando el espacio educativo-escolar, otros
niños continuaban con el trastorno de aprendizaje, interrogando desde sus
síntomas no sólo a la escuela. Se profundizó y se extendió entonces el análisis
hacia la historia del niño y su familia.
Se fue estableciendo una diferencia
entre el fracaso en el aprendizaje, anclado en el sistema educativo, al que,
por lo cual, se llama fracaso escolar y el fracaso en el aprendizaje anclado en
el niño y su medio familiar.
Se comprobó, además, que realizando
intervenciones psicopedagógicas clínicas, tendientes a la resignificación de la
modalidad de aprendizaje del niño -aun de aquellos que habían sido ligera y erroneamente
diagnosticados como discapacitados mentales- y a la modificación de los
posicionamientos enseñantes de los padres, se podía superar completamente el
problema que habían manifestado.
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