jueves, 23 de noviembre de 2017

 Alicia Fernández. Desde mediados de la década de 1960, en Argentina fueron constatando que gran cantidad de niños y niñas (muchos de ellos erróneamente diagnosticados como deficientes mentales) presentaban fracaso escolar o trastornos de aprendizaje sin padecer ningún trastorno neurológico anatómico ni funcional, ni déficit cognitivo.
Hubo un cambio en el modo de enseñar de sus maestros, algunos de estos niños y niñas lograban aprender. Por lo cual el trabajo se dirigía a abrir espacios de reflexión con los maestros, para que ellos pudieran realizar cambios de posicionamiento subjetivo que redundaran en lo pedagógico. Esos cambios debían darse en dos direcciones. Hacia sí mismos: para recuperar el propio placer de aprender y desde allí modificar la modalidad de enseñanza. Hacia sus alumnos: para investirlos del carácter de sujetos pensantes, capaces de aprender.
El hecho de que, a partir de los cambios en los maestros, los alumnos lograban aprender, indicaba de alguna manera que la dificultad previa respondía principalmente a la situación educativa. Sin embargo, aun modificando el espacio educativo-escolar, otros niños continuaban con el trastorno de aprendizaje, interrogando desde sus síntomas no sólo a la escuela. Se profundizó y se extendió entonces el análisis hacia la historia del niño y su familia.
Se fue estableciendo una diferencia entre el fracaso en el aprendizaje, anclado en el sistema educativo, al que, por lo cual, se llama fracaso escolar y el fracaso en el aprendizaje anclado en el niño y su medio familiar.
 Se comprobó, además, que realizando intervenciones psicopedagógicas clínicas, tendientes a la resignificación de la modalidad de aprendizaje del niño -aun de aquellos que habían sido ligera y erroneamente diagnosticados como discapacitados mentales- y a la modificación de los posicionamientos enseñantes de los padres, se podía superar completamente el problema que habían manifestado.

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